Los jóvenes y sus preguntas: clamor de esperanza (27 de diciembre de 2014)

Puntualmente, y cada día, a las cinco de la madrugada nos despierta el muecín con su carraca coránica. A esas horas parece que suena más y juras en árabe un par de versículos acordándote del preste moro que no da cuartel. Alá me lo perdone y a él lo tenga luego en su gloria. Yo tengo un sumo respeto por estas prácticas tan piadosas, incluso no tengo nada que objetar al horario. Pero que me lo compartan sí o sí a golpe de altavoz, no deja de quitarme la devoción por estos chicos del turbante que a esas horas tanto me turban interrumpiendo el último sueño. Pero, nada… no hagamos una guerra santa que no está la cosa para más declaraciones que la paz sinceramente deseada.
            Esta vez hubo complicidad, porque cuando el muecín había acabado su retahíla salmódica y yo había recuperado la postura para el último ronquido bajo la mosquitera de mi cama, se empezó a escuchar el inequívoco sonido del tam-tam. No daba crédito. Los tambores me dieron la puntilla en una noche tan corta como accidentada. ¿Tambores y tam-tam? ¿Qué danza toca ahora a esta hora de la mañana estando la noche aún tan cerrada? Los tambores iban creciendo en intensidad y cercanía. ¿Nos invade a traición alguna tribu cercana pidiéndonos otro peaje? Nada de eso. Ya despierto pude recomponerme para pensar un momento qué es lo que estaba pasando.
            Se trataba de algo más hermoso e insólito. Jóvenes, muchos jóvenes, se estaban levantando. Habían llegado de víspera para un encuentro de las dos parroquias que trabajan juntas en algunas cosas como la pastoral juvenil: Foubouré y Bembereké. Eran más de ciento ochenta. Habían dormido en las salas que nuestra misión tiene para los chavales del internado de estudiantes y que ahora estaban en casa por las vacaciones navideñas. Es un internado que nada tiene que ver con lo que en España entendemos como tal. Pero dentro de su enorme sencillez y evidente precariedad cuando los comparamos con los nuestros, aquí la gente se prepara para hacer el bachillerato e ir luego quien puede a la universidad. Les pude ver estudiar a la luz de una farola común que alumbra la plazuela de la misión, o ayudarse unos a otros para comprender juntos lo que juntos quieren aprender. Se hacen la comida, se lavan la ropa, conviven musulmanes y cristianos. Tiene más estrellas que las que contaba Abraham cada noche este internado. Ahí estaban los durmientes del encuentro que los despertaron a golpe de tam-tam.

            Nosotros a las seis y media estábamos ya en la capilla para rezar laudes con algunas religiosas y catequistas que vienen cada mañana antes de la Misa. Esta vez los jóvenes se unieron a la Eucaristía de la misión. Y era un verdadero espectáculo ver a tanta chavalería entre quince y veinticinco años más o menos, que venían con sus sacerdotes y sus catequistas. Son jóvenes cristianos que se abren a la vida de adultos mientras se forman en sus estudios, despiertan a sus amores, colocan sus temores y desafíos, y se preguntan con total seriedad cómo seguir creciendo como cristianos. Han salido varias vocaciones al sacerdocio que ahora se están preparando en el seminario. De la parroquia de nuestra misión de Bembereké hay siete jóvenes: todo un regalo que llena el corazón.
            Había un grupo grande ya en la iglesia haciendo oración en silencio. Venían con ropa de abrigo pues lo que para nosotros era simplemente el fresquito mañanero, para ellos en este tiempo del Harmatan es como el crudo invierno. Así, con las sudaderas y encapuchados, estaban rezando hasta empezar la Misa. Ya el primer canto que sirvió de entrada procesional, por supuesto a ritmo de danza y con la percusión de tambor y palmas, les puso en pie y les abrió los ojos de par en par. Éramos cuatro sacerdotes y un obispo. Todos españoles. A mí me presentaron como suelen hacer, al igual que a mi secretario. Y quedan alucinados porque yo me llame Jesús y él se llame Manuel. Te miran entre extrañados y reverenciales, y se te queda una cara de aparición cuasi divina, como si hubiésemos venido directamente del cielo aparcando la nube a la puerta en doble fila. Comencé con unas palabras mías de agradecimiento por tan numerosa presencia juvenil a esas horas. Aquí el botellón no toca, toca el tam-tam y para otra cosa.
            La fiesta era la de San Juan Evangelista, discípulo joven como ellos. Y de esto les hablé en la homilía. Este apóstol que se celebra siempre en los días de Navidad nos enseña a ser jóvenes cristianos aprendiendo de él estas tres características: buscó, reconoció al que buscaba quedándose con Él, y lo testimonió hasta el final. Les decía eso precisamente: qué buscamos nosotros, a quién le damos nuestro reconocimiento y el tiempo de nuestra convivencia con él, a quién testimoniamos con nuestra vida. En el caso de Juan era claro: Jesús. Sólo Jesús explica la vida de Juan, sus búsquedas, sus hallazgos, su amistad, su testimonio total. Pero no es un encuentro abstracto y genérico, sino que ha sido tan concreto como algo o alguien que te cambia la vida, como cuando sucede un enamoramiento de veras y para siempre. Así lo dice este discípulo amado en su primera carta: lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos… os lo anunciamos. Es decir, no se puede ser cristiano con una fe prestada, ajena, no experimentada personalmente. Nadie se enamora de un fantasma ni da la vida por una quimera. Juan lo encontró porque lo buscó previamente, y cuando halló a Jesús vivió con Él siguiéndole como discípulo, testimoniando a quien lo quiera acoger y escuchar. Les hice una broma al final de la homilía preguntándoles si estaban dormidos y si tenían frío. A lo primero me respondieron con una carcajada que me convenció. A lo segundo me hicieron ver que con el frío no se juega y que en esto, bromas las justas. Miré por las ventanas sin cristales y vi que con aquellos veinte grados tiritones había dejado… de nevar.

            Tras el desayuno tuvimos un encuentro a propuesta de los catequistas. Querían que les hablase de algo, de lo que fuera. ¡Santo Dios… en qué líos me mete! Ahí estaba delante de estos ciento ochenta jóvenes para decirles una palabra. Les conté cómo hay compañías y soledades que nos destruyen, y que hemos de saber encontrar la gente que verdaderamente nos acompaña con respeto para que crezcamos, y saber tener también la interioridad que nos haga ser auténticos. Les puse un ejemplo que me sucedió en un hospital en España. Visitaba a los enfermos y el capellán me propuso entrar en una habitación donde una chica se estaba muriendo de anorexia. La tristeza resentida hizo que rechazase a Dios y a la Iglesia. Todo en ella moría. Pedí permiso a la madre que estaba con ella y pasé. Al verme con la camisa de sacerdote y la cruz sobre mi pecho, me dijo con desprecio: ¡márchate, yo no creo en Dios! A lo que respondí con la dulzura que supe: no sé si tú no crees en Dios, pero quiero que sepas que Él sí cree en ti. Entonces ella cerró los ojos y comenzó a llorar. La bendije y salí en silencio. Luego me escribió una carta diciendo que estaba saliendo de su agonía, y que todo comenzó cuando supo que alguien por primera vez había creído en ella. Si este alguien era Dios, ella quería estar cerca. Y así salió adelante cuando nadie podía hacer nada por ella.
            Hay compañías o soledades que te quitan la vida, porque están basadas en una mentira que jamás te corresponde sino que te usa, te compra y luego te tira. Les conté esto porque en el encuentro estaban hablando estos jóvenes del problema de la brujería, que aquí en África es algo difundido entre la gente más pobre y desesperada, y que llega a matar de tantos modos como la más flagrante injusticia. Me sirvió para enganchar con eso que estaban hablando y permitió que hicieran preguntas. Hubo una que me llamó mucho la atención: me decía Erik, un joven profesor de español en colegios (de hecho me hizo la pregunta en castellano), qué hacer ante el chantaje de la riqueza cuando nos tienta el dinero y el tener por tener. Yo no puedo ocultar lo mucho que me impresionó una pregunta de tanto calado evangélico. Le dije: hay gente tan pobre que sólo tiene dinero y ansia de poder. Pero a esta gente así tentada la riqueza la engaña, y promete una felicidad mentirosa para terminar dando la vida por lo que les lleva a la muerte. Jesús llamó bienaventurados a los pobres, a los que sólo desean lo que necesitan para vivir dignamente y les permite crecer. Hay una pobreza que es evangélica y otra que es injusta. La que nos hace libres de las mentiras que nos matan y chantajean es la pobreza bienaventurada, la que nos hace esclavos de los ídolos que nos separan de Dios y de los hermanos es la pobreza malhadada con la que hemos de luchar y de la que ponernos a salvo.


            Hubo cantos, agradecimientos y un hasta luego en donde Dios quiera. Cuál fue mi sorpresa que al hacernos la foto de grupo empezó a corear un grupito de chicos: ¡Atleti, Atleti, Atlético de Madrid! No pude disimular mi entusiasmo por esta afición colchonera por estos lares. Tendré que hablar con los de la ribera del Manzanares y hacer algo.

El pálpito de una comunidad cristiana viva (26 de diciembre de 2014)


 
En Gamia, donde celebramos la misa de Navidad con los diecinueve bautizos hay una comunidad especial por su vivencia de la fe con entrega y alegría en medio de un ambiente no siempre fácil. Cuando comenzaron los primeros anuncios del Evangelio allí, como en el resto de Bembereké, me decían los misioneros que los apedreaban. Ser cristiano aquí suponía jugarte la vida y poner a prueba tu paz y tu fe. Quizás por eso han crecido tanto en la conciencia de lo que supone este don de ser cristiano y lo cuidan. Rodeados como están por una mayoría musulmana y animista (religión tradicional africana), ellos se han hecho valer un respeto que nace precisamente del amor cristiano con el que respetan a los demás y del celo con el que se aman y cuidan también a sí mismos como Iglesia del Señor.

            El responsable laico de la comunidad me dirigió unas palabras al final de la celebración que son para conmover a cualquiera. Es un hombre sencillo que habla sólo baribá, de una cierta edad y curtido en sus años y en su piel por una dignidad y un sufrimiento que impresiona sólo con verle. Mientras me hablaba en baribá yo no entendía nada, pero su porte y su mirada me gritaban dulcemente palabras que llegaban al corazón. Cuando el traductor me hizo el resumen en francés quedé verdaderamente conmovido. Me decía: querido monseñor, Vd. ha demostrado mucho amor al venir hasta aquí. Nosotros somos pobres pero agradecemos la ayuda que nos da mandándonos sacerdotes.

            Yo recuerdo que era lo mismo que hace dos años me dijeron también en este lugar. Agradecen todo lo que les podemos dar, porque de todo tienen necesidad, pero sobre todo nos dan las gracias por haberles dado a Jesucristo, a María, a San Francisco (es el titular de la parroquia), y porque hay sacerdotes que cuidan de los catequistas, que les predican la palabra del santo Evangelio, porque les dan la Eucaristía. Por esto, sobre todo por todo esto, ellos me daban las gracias. No había ningún atisbo más ni mayor de otras necesidades, menos aún de una peleona reivindicación con reproches, recogida de firmas o piquete informativo para que me vaya enterando. Y entonces te parece estar en otro mundo donde la bondad nadie la ha envilecido ni la belleza ninguno la ha manchado.

            Pero tuvo una añadidura con todo respeto, como quien se atreve a pedir algo más a lo dicho, aparentemente distinto que venía a ser precisamente lo mismo. Me hizo mirar esa asamblea cristiana, una verdadera expresión de la Iglesia del Señor llena de viveza y de esperanza. Los adultos que son ya ancianos y que eran los que primeramente se adhirieron a la fe cuando vinieron nuestros misioneros hace casi tan sólo treinta años, los adultos que han formado sus familias y las viven en cristiano, los muchos jóvenes cuyos rostros eran un motivo de inmensa esperanza y los cientos de niños que por doquier andaban más los diecinueve que habíamos bautizado en la Misa de Navidad. Toda una explosión de vida que te encendía la caridad, testimoniaba la fe y te contagiaba la esperanza. Fue entonces cuando me dijo: no cabemos aquí. Lo cual era una evidente verdad. La iglesita es digna y amplia, tiene un pequeño campanario donde hacen sonar las campanas, un soportal que recuerda los de las iglesias de Asturias, y unos salones que sirven para dar la catequesis, tener reuniones e incluso un pequeño despacho parroquial con una habitación para el misionero sacerdote si tuviera que pernoctar.
 

            Entonces me dijeron que les acompañase antes de marcharme para ver un terreno a las afueras del pueblo. Accedí gustosamente y montados en los todo terreno y en motos fuimos selva a través hasta un lugar descampado. Unos jóvenes corrieron para marcarme los límites de ese espacio en donde quieren levantar una nueva iglesia y dependencias parroquiales. Llevaban agua bendita y una rama que cogieron en el lugar, y me invitaron a bendecir ese terreno pidiendo al Señor que nos conceda la gracia de ver nacer allí un lugar para su gloria y para el encuentro de los hermanos. Y así lo hice dejándome llevar del entusiasmo creyente de una comunidad que no ponía precio subastado a una ruina de la que querían deshacerse como fuera, una ruina que venía del deshecho y del desuso de haberse quedado vacía, sin vida y sin cristianos. Era todo lo contrario: se trataba de una ampliación, de la búsqueda de otro lugar porque aquello se hacía pequeño. Bendije, sí, y pedí que Dios dijera bien sobre nosotros. En aquel terreno hoy sin nada y por donde crecerá el poblado de Gamia, hay una iglesita que se empezó a levantar ayer. Por supuesto que las primeras piedras eran esos hermanos y hermanas, piedras vivas de un nuevo templo donde los adoradores darán gloria a Dios y serán bendición para tantos.

            Luego fuimos a otro lugar donde nos esperaban en una reunión que sólo se tiene una vez al año. En la carretera fuimos parados por unos extraños hombres de una tribu rara. Piensan que son invulnerables a las balas y han decidido apostarse junto a la carretera para defendernos de los bandidos. Puede parecer una quimera, pero cuando amagan con cerrarte el paso y te encañonan con su rifle de cazadores para pedirte algo por el servicio defensivo que nadie les ha encargado, entonces te da por pensar que sería una lástima acabar allí de esa manera porque te fríen a tiros los que se han autoconstituido en tu defensa. Fue entonces cuando el bueno de Manolo, mi secretario, dijo algo con su proverbial sentido práctico de secretaría: les damos algo ¿no? A lo que respondieron Alejandro y Antonio: a la vuelta. Y yo pensé en mis adentros: si llegamos. Todo quedó en unas monedas con el que pagamos este peaje anti-bandidos. Ya te digo. Como para saltarse la original barrera…

Continuamos por unos caminos de tierra. Las últimas torrenteras de la época de lluvia de hace meses había dejado su firma y su huella hasta hacerlos casi intransitables, y así llegamos a un poblado selva adentro. Se llama Gandou París… nada menos. Chozas dispersas, una bomba de agua para extraerla, fogatas entre piedras bajas para colocar los perolos donde cocer la mandioca, y unos troncos semi vaciados en donde dos mujeres estaban machacando especias en la molienda. De pronto… primero fueron dos, luego quince, cincuenta, y hasta más de un centenar de niños muy pequeños y otros ya creciditos nos rodearon. Una explosión de vida y de alegría. Hablaban y cantaban en el batonou propio de los Gandou, una tribu que todos despreciaban por su pobreza y que acabaron siendo esclavos de los Phel hasta no hace tanto. Ellos andan dispersos por estos poblados y una vez al año se juntan para tener un encuentro fraterno y de fe. Sabedores de que estaba en Bembereké el arzobispo de Oviedo, nos invitaron y fuimos.

Una chica fue traduciendo al francés lo que en baribá o batonou nos iban contando con inmenso agradecimiento por nuestra aceptación. A ellos les impresiona que podamos acudir quizás por considerarnos no sólo distintos, sino superiores en recursos, en conocimientos, en dineros. ¡Qué relativo todo esto! Sobre todo cuando quien tiene esa misma impresión somos nosotros al verlos a ellos ricos, tan ricos de lo que es verdadero y de lo que tantas veces nosotros somos inmensamente pobres aunque nuestra secreta e íntima pobreza la sepamos maquillar, perfumar y trucar para que no transcienda. Me pidieron entonces una palabra. Estábamos todos debajo de un inmenso árbol, un mango gigante que nos daba sombra y bajo el que ellos se reúnen para compartir, decidir, encontrarse.

Les dije que al igual que en esta selva de tierra reseca por la falta de agua emergen los árboles frondosos que nos dan frutos, sombra y un lugar amable para nuestro encuentro, así veo yo que en medio de nuestro mundo tan desértico que vive solo, aislado, triste, insolidario, sin fe ni confianza, ellos con su humanidad cristiana representan la mejor y más esperanzadora foresta. Que les necesitamos como ellos nos necesitan. Hagamos juntos este camino siendo misioneros unos para los otros. Traté de explicarles la tradición franciscana del belén viviente y de cómo ellos eran estas figuras vivas que escenifican en este mundo la más bella Buena Noticia. No sé qué entendió la traductora, pero les debió contar algo de un teatro que íbamos a hacer, de tema navideño, y en donde actuaríamos todos. Así que… sin saberlo me había convertido en empresario de festejos teatrales. Veremos cuándo podemos empezar los ensayos. ¡Ay si levantara San Francisco la cabeza...!
 

 

 

Dios que nace, niños que renacen (25 de diciembre de 2014)


 
Amaneció este día tan especial con un cielo muy nublado. Pensaba que en la fiesta de Navidad íbamos a tener el regalo de la lluvia, que aquí es una bendición. Pero mi ignorancia del terreno me hizo llamar cielo nublado lo que sencillamente era una nube de polvo, ese que en esta época del año impide respirar bien, te irrita los ojos y seca la garganta, y que en tanta gente provoca los catarros cuando la temperatura baja un poquito de madrugada. Es más frecuente en el tiempo seco y no se da en el de la época de lluvias, y aquí lo llaman Harmatan. No obstante se notaba el ambiente festivo en el vaivén mañanero de la misión. Los más jóvenes habían estado cantando hasta altas horas, cuyos sones y tambores nuestro cansancio fue escuchando cada vez más lejanos. No hay mejor somnífero que estar tronchado del cansancio de un largo viaje.

            El día de Navidad dejamos Bembereké y marchamos hacia Gamia, una de las comunidades que atiende la misión. Sin dejar la carretera medio asfaltada o medio bacheada, llegamos a este lugar que ya conocía de mi viaje anterior. Su comunidad es un regalo del cielo. El titular de la iglesia es San Francisco de Asís, motivo por el cual me une un afecto especial. Allí estaban esperándonos con todos sus colores vivos en los atuendos, especialmente de los niños y de las mujeres, y con sus cantos y bailes festivos dando así la bienvenida a quien venía en el nombre del Señor. Así estaban y así íbamos.

            Al terminar la bienvenida salieron corriendo los más jovencitos. No había casi sitio en la iglesia y querían conseguir un trocito de suelo. Era día de mercado, puesto que la vida seguía igual para los musulmanes y la religión tradicional (animistas). De hecho la iglesia parroquial está frente a una gran mezquita separándonos de ella la carretera nacional, amén de otras triquiñuelas. El jaleo afuera, por tanto, estaba asegurado. Pero por dentro no nos amilanamos y de hecho no fue menos, aunque de otra manera. Comenzó la procesión de entrada con la cruz alzada que nos presidía, los monaguillos con el incensario, Antonio y Manuel como sacerdotes concelebrantes y cerraba yo. Me traje una mitra y en las celebraciones de la comunidad entera me la pongo. A ellos les gusta y sienten que también tienen a sus pastores que no celebran de cualquier forma, que cuidan la dignidad que tiene la liturgia y que ellos son también cuidados por sus sacerdotes y obispos. No podía ser menos. También los pobres tienen derecho, no tanto a la parafernalia ampulosa y vacía, sino a la liturgia sencilla pero con todos sus elementos experimentando que también a ellos se les brinda la liturgia sin abaratamientos en nombre de no sé qué.

            Nuevamente fuimos presentados por parte de un responsable de los catequistas. Se veía el inmenso cariño lleno de gratitud con el que recibían al “obispo de Asturias que nos envía a nuestros sacerdotes misioneros y a los diáconos que pasan unos meses entre nosotros”. Un coro de jóvenes excelente, con los instrumentos de percusión propios de la cultura musical africana y un órgano electrónico, ponían su belleza al servicio de esta liturgia de fiesta en la Natividad del Señor. Las voces bien conjuntadas y sus movimientos armoniosos al compás de su canto, hacía que mi boca se quedase abierta de admiración, de gozo y agradecimiento por tanto regalo inmerecido al celebrar con ellos la gracia de Dios al modo africano. Ellos me dieron gracias por la visita, pero les dije aquello de que no sólo ellos eran visitados por mí, sino que yo gozaba porque era visitado también por ellos, y todos nosotros visitados por ese Dios que se hizo pequeñito para no darnos miedo sino para darnos con ternura y eficacia el don que nos traía viniendo así a salvarnos.

            Me dieron una lección grande en el momento de la petición de perdón. Es algo que no olvidaré. Nosotros solemos hacer deprisa y a veces rutinariamente el “yo confieso” y el “Señor, te piedad”. Ellos se tomaron tiempo, se pusieron de rodillas, guardaron un momento de silencio profundo y luego recitaron la plegaria como se recita en la Misa para terminar prorrumpiendo en un canto. Quedé impresionado, como si ese gesto sincero y verdadero pusiese mi vida y mi modo de celebrar ante el quicio de algo mejorable, de algo que yo tantas veces hago y digo por inercia sin caer en la cuenta de su profundo significado. Pregunté luego a alguno: ¿por qué os ponéis de rodillas en el momento del perdón de la Misa? Y me contestaron: porque pedir que Dios nos perdone y saber que Él viene a abrazarnos en lo que nuestra vida es menos bella y menos bondadosa, en todo aquello que le ofende o hace daño a los hermanos, es algo que debe recibirse y esperarse con humildad. El gesto de arrodillarnos viene a expresar esto: no una humillación de un Dios que nos aplasta juzgándonos implacable, sino la humildad gozosa y agradecida de quien tantas veces experimenta el abrazo del Señor que con misericordia gratuita viene a levantarnos. Su perdón no es un derecho que exigimos altaneros, sino un don que recibimos con una humilde alegría. Sólo quien se arrodilla verdaderamente puede ser levantado de veras. Y Dios lo hace así... nosotros no queremos perdérnoslo.

Yo me quedé sin palabras, pensativo, con la lección aprendida de estos hermanos visitados que me visitaban con esta evangélica sabiduría. Evidentemente Dios Maestro enseña en los sencillos, en los pobres, en los que tienen tanto que decirnos porque en sus vidas le dejan gritar al Señor a los que nos dormimos con frecuencia o con frecuencia nos distraemos. Bendito seas Señor, por estos tu hijos buenos.
 

Me aguardaba una sorpresa esa celebración. Era el día del Nacimiento del Señor y me presentaron para bautizar a diecinueve niños y niñas, casi recién nacidos. Sus jóvenes papás y los padrinos rodeaban el altar como en una media luna de un día con esas diecinueve estrellas. Tan pronto rompían a llorar, como me miraban con esos ojitos como luceros sin pestañear, o se quedaban callandito porque en vivo y en directo les tocaba el momento de mamar. Era la vida, la vida con toda su fuerza que rompe en llanto, que nos regala sonrisas y que a su tiempo había que alimentar. No era fácil ver de golpe tanta alegría como ellos así me mostraban.

Antonio y Manuel fueron haciendo las unciones, luego escuchamos las promesas, las renuncias, las letanías y el credo. Aquellos diecinueve síes de Dios con los que Él llamó a la vida a estas criaturitas, eran traídos por sus padres y padrinos alrededor de la pila bautismal. Sobre cada uno de ellos pusimos el nombre que para ellos habían escogido para hacerles hijos e hijas de Dios. Claire, Marie, Denisse, Wisdom, Emmanuel, Jenifer… Uno por uno era llamado desde la vida ya recibida a la Vida con mayúsculas para vivir ambas acompañados por su familia y por una comunidad cristiana que sabía lo que hacía. Fuimos poniendo nombre a la vida que el Señor nos regalaba tan generosa y esperanzadamente. Ahora había que poner la entrega y la compañía para que esa vida no fuera por nada ni por nadie frustrada. Me preguntaba qué palabra quiso Dios silenciar eternamente para decírnosla con aquellos labios pequeñitos que todavía no sabían hablar. Y qué caminos surcarían esos pies diminutos que no sabían aún andar, pero que Dios les pondría en marcha para anunciar su Buena Noticia. Y qué podrán acariciar esas manos tan pequeñas amasando un trocito de mundo y de historia que eternamente Dios retuvo para regalárnoslo con ellas.

Por cierto, uno de los pequeños tenía especial complicidad con el agua que se vio claramente cómo le encantaba. No sólo chapoteó el agua bendita de la pila bautismal bautizándonos a todo el cortejo, sino que me agarró lo que hacía de concha de bautizar y me costó que me la devolviera… por las buenas. Sus deditos decididos estrecharon los míos confundidos por tal pulso. Nos miramos. Nos sonreímos. Oiga… ¡todo un espectáculo! Este pequeño apunta maneras: será alcalde, presidente u obispo. Habrá que seguir su trayectoria. ¡Qué precioso día de Navidad, donde celebrando que Dios nacía para nosotros celebramos que estos pequeños nacían para Dios!

 

Descubriendo la piel del Niño Dios (24 de diciembre 2014)


Es inevitable que me asalten recuerdos de otras tantas navidades pasadas con mi familia cuando niño, adolescente y joven adulto, cuando fraile franciscano y sacerdote, cuando obispo. Pasan deprisa por mi mente los escenarios de otros momentos que fueron poniendo paisaje y ambiente en otros momentos de mi vida que empieza ya a tener su álbum de años. Madrid, Toledo, Ávila… Roma, Salzburgo… Huesca y Jaca, Oviedo. ¡Cuántos momentos, cuántos rostros, cuántas formas de vivir este instante dulcemente intenso de la navidad cristiana!
            Una vez duchados y colocados en nuestras estancias misioneras, nos preparamos a la cena. No acompañaban el Padre Alejandro y el Padre Antonio, Jacques y su familia, y algunos catequistas. Con ellos D. Manuel y yo nos sentamos a la mesa. Unos villancicos se oían en el comedor como música de fondo. Más al fondo el muecín musulmán entonaba sus plegarias como un contrapunto ajeno a lo que allí estábamos celebrando. Hice en francés la bendición dando gracias por el encuentro, por esa mesa fraterna que tenía un porqué y que no queríamos olvidarlo. Era noche buena, la noche más buena de la historia. Estábamos en África, sin la nieve de nuestros nacimientos en los lares habituales y sin el frío de estas calendas allá en lo que dejamos.
            La cena era especial y fue especial también el menú para tan señalado momento. Todo estaba ya en la mesa: una ensalada de lechuga y tomate, y unas tortillas de patatas. No hubo más. A mí aquello me llamó la atención hasta conmoverme. Nunca una sencilla tortilla de patatas me supo tanto a fiesta porque a manjar de fiesta le sabía a aquella gente. Estaban tan contentos que repitieron, y nosotros con ellos. Estos hermanos pusieron el nivel adecuado a lo que clasificamos como ordinario y extraordinario, como especial o como cotidiano. Haciendo así estábamos contentos de poder compartir un mantel cuya excepcionalidad festiva la marcaban quienes nos acogían. En este gesto de unidad con ellos, dejamos que entrase el motivo de su fiesta, que era la nuestra, y nos felicitamos. Bueno, también hubo un buen vino (este sí que era muy extraordinario, y tanto), piña de postre y unos turrones que trajimos desde Asturias.
            A las nueve y media bien pasadas nos despedimos para prepararnos. La misa del gallo empezaría a las once allí en la iglesia parroquial de la Misión. Ya se iban acercando las familias, los jóvenes con su algazara africana, y aunque no había mucha luz fuera de la iglesia, se iba formando el ambiente de algo especial cuidadosamente esperado y preparado. Al llegar a la iglesia hacia las once menos veinte, cuál fue la sorpresa verla toda llena (es bastante grande). En la capillita del santísimo un grupo de jóvenes rezaban el rosario, a los que me uní enseguida. Primero fui a ver el misal y las lecturas y darles un repaso de pronunciación. Todos me miraban con la curiosidad de quien ponía una nota de color: sobre la mayoría del negro, mi puntito blanco. Allí el de color era yo, y el que daba la nota ¡de qué manera! Fui saludando a los más pequeños que estaban delante, a los del coro… y me fui a rezar el rosario con los jóvenes de la capilla del fondo. Estaban con un grupito de Franciscanos de la Inmaculada, cuyo santuario y noviciado no está lejos y habían venido a celebrar con nosotros esta noche santa.
            Nos revestimos y comenzó la misa. Cruz procesional, un grupo suficiente de monaguillos excelentemente adiestrados en su oficio de ministrar, los concelebrantes. La procesión de entrada fue lenta y cantada y danzada. Realmente bella, con esa armonía simple y sentida, muy verdadera como todo lo africano. Tras el saludo ritual de la misa, los invitados fuimos presentados. Aquellos ojos blancos que brillaban como humanas luminarias en el fondo de la piel oscura de nuestros hermanos, se abrían con toda la curiosidad del mundo para ver quién éramos cada cual cuando nos fueron presentando con nuestro nombre, procedencia y oficio en la Iglesia del Señor. La acogida tomó forma de aplauso lleno de gratitud y benevolencia.
            Era inevitable que me supieran tan distintas aquellas lecturas, salmos y cánticos. El ambiente y el motivo era otro bien distinto este año. El relato del nacimiento de Jesús volvió a sorprenderme de nuevo. Como si estuviera oyéndolo por vez primera al ver una iglesia tan llena de cristianos que acogían de veras la buena nueva. Se proclamó en francés y en baribá (la lengua local). Al terminar el evangelio me dirigí a todos ellos. Les di las gracias por su acogida, por poder celebrar con ellos que Jesús ha nacido en medio de nosotros. Cada uno con nuestro nombre, con nuestra edad, somos como los pastores de aquella primera noche, noche buena de verdad. Y Él ha venido a salvarnos de un modo especial: no como un guerrero armado hasta los dientes que se aprovecha de nuestra indefensión, no como un potentado forrado de dinero que prescinde de nosotros o nos usa cual aprovechón, no como un sabelotodo que nos humilla en nuestra ignorancia. Dios ha venido a salvarnos haciéndose hombre… naciendo como bebé de una mujer joven y virgen para siempre. Ha sido su método, su forma de venir a contarnos lo que eternamente pensó y deseó para nuestro bien.
            Pero este Dios que era la Palabra… tuvo que aprender nuestra lengua para que nosotros podamos hablar la de Él. Este Dios que vino a pasearnos su mensaje, tuvo que aprender a andar en nuestros caminos para que nosotros podamos frecuentar los suyos. Un Dios así no da miedo, ni humilla, no se aprovecha de nosotros. Es un Dios que se nos muestra con la necesidad de crecer en sus hablares y andares, como sucede con cualquier niño al que su madre debe enseñar a decir las cosas y a no tropezar cuando camina. El quiso crecer delante de nosotros para que nosotros aprendiésemos a crecer ante Él.
            Tuvieron el gesto de cantar en español Noche de Paz, Noche de Dios. Recordaba esa pequeña iglesia austriaca muy cerca de Salzburgo, en Oberndorf, donde Franz Gruber puso música a la poesía que el párroco había escrito. Esa entrañable canción navideña del Stille Nacht, sonó en las gargantas beninesas de Bembereké con letra española. Realmente fue un detalle de cariño con el que nos desearon la feliz Navidad.
Era verdaderamente Noche de Paz, Nochebuena de veras, cuando asomado al nacimiento que adornaba la iglesia parroquial en nuestra misión diocesana, vi que el Niño Jesús había nacido negro, un negrito encantador arrullado por su mamá igualmente de su mismo color.

La piel de Dios no tiene pasaporte, no sabe de fronteras, no tiene problema con las lenguas. Dios se ha hecho uno de nosotros, naciendo allí donde la vida llora o sonríe, donde sueña sueños de oro o se desvela con pesadillas, donde ama y la corresponden, donde la desprecian hasta el holocausto. Dios ha venido para hacernos esta grande gracia navideña: aprender mi lengua para que yo sepa de sus hablares, venir a mis caminos para que yo frecuente los suyos por donde anda. El Niño Dios es tan africano como europeo, su piel es tan blanca como la mía y tan negra como la que aquí estoy viendo. Bendito milagro de quien así ha puesto su tienda de encuentro en el descampado de mis contiendas de desencuentro.

Es Nochebuena. Salimos cantando con una procesión cantada y danzada de nuevo. No había prisa aunque era ya mucho nuestro cansancio acumulado por un largo viaje. Ellos se quedaron a continuar la fiesta a su modo y con sus cantos. Yo me fui a descansar rendido y lleno de gozo. Los ángeles de aquel Portal y aquellos pastores velarían mi sueño. Feliz Navidad.


Sal de tu tierra… Id al mundo entero (23 diciembre de 2014)

Salimos cuando ya había anochecido en Oviedo. El orvallín nos despedía con un clima fresco de unos trece grados. Al llegar a Madrid para tomar el avión, era ya madrugada. El frío nos alertaba con su grado sobre cero que estábamos en el invierno castellano. “Sal de tu tierra…”, se le dijo a Abraham, el primer misionero en la andanza de ir a donde Dios le enviaba. Con esta emoción y con semejante respeto iniciábamos también este viaje misionero, aunque tan sólo duraría unas semanas. 
Todo lo que teníamos que facturar lo hicimos con la dirección bien puesta: "Mission Catholique. Bembereké (Benin)". Allí marchaban los bultos y nosotros con ellos. Lo habíamos decidido meses atrás: pasar la Navidad con nuestros hermanos misioneros, en ese enclave asturiano que la Diócesis de Oviedo tiene en el corazón de África. Tantas veces me lo habían sugerido tras mi último viaje allá, hace ahora dos años. Y ha llegado el momento como gesto de cercanía, de agradecimiento, de apoyo fraterno, cuando ese continente hermano ha vuelto a saltar a las noticias no por su belleza, no por sus recursos, no por la bondad sencilla de su gente sufrida y de tantos modos creyente, sino por la pandemia de turno que ahora se llama ébola como en otro momento se llamó sida.
            Ya había segado muchas vidas el ébola, este virus letal. Pero no despertó ningún interés especial durante años, ni los laboratorios se unieron para atajar su mordiente mortal, hasta que su zarpa arañó fatalmente a europeos y americanos. Podrían contagiarnos, se decían los asustados del primer mundo opulento e insolidario: hagamos algo. Y lo hicieron, están en ello. Mucho me impresionó que la inmensa mayoría de los misioneros no hayan querido volver, permanecen allí siguiendo la suerte de su pueblo al que por amor a Dios fueron, y al que con amor de Dios no dejan de anunciarles la esperanza y la gracia, la dignidad y la justicia, el perdón y la alegría, en definitiva, la Buena Noticia cristiana. Era el momento de estar también con ellos.
            Era justo que yo como arzobispo de Oviedo y mi secretario, D. Manuel, fuésemos allí esta Navidad, y que creyésemos que sería el mejor modo de emplear si no la lotería que no nos tocó, porque no jugábamos nada, sí al menos destinar a esto la paga extraordinaria navideña nunca mejor empleada. No importa el largo viaje, ni la falta de todo lo que habitualmente te rodea y te regala. Vale la pena llegar allí con estos hermanos nuestros sacerdotes diocesanos, con las religiosas Dominicas de la Anunciata y los muchos catequistas a los que ayudan y por los que son ayudados. Cambiar de paisaje y escenario, y atrevernos a celebrar el mismo misterio de un Dios que se hace Niño con estos buenos hermanos por los que también Jesús vino y dio su vida. Hacerlo al modo africano con todos sus medios y a su manera.
            Hicimos escala en Bruselas unas cuantas horas, lo cual aprovechamos para celebrar la santa Misa en una parroquia y ver la Catedral y el centro histórico de esa emblemática ciudad que alberga ahora al Consejo de Europa como sede. Lluvia y frío, y una ciudad que se engalanaba con ambientación navideña según el diseño de la época: símbolos, colgantes, algún nacimiento belenero, guirlandas y estrellas, escaparates adornados para el momento, niños que tras sus bufandas no ocultaban en sus ojitos que sin cole también ellos estaban de fiesta. Pero ocurre lo que tantas veces comprobamos en nuestra vieja Europa: que tenemos una música hermosa navideña pero cuya letra hemos olvidado, no entendemos o ha dejado ya de conmovernos lo que con su solfa y su texto Dios quisiera seguir relatándonos. Es la Navidad de nuestro primer mundo: bella por lo que evoca, noble en su fecha y su recuerdo, pero quizás demasiado vacía de su significado hasta el punto de estar vacía del sentido verdadero. ¿Cómo será la Navidad africana?
Al llegar a Cotonou veinticuatro horas después de haber salido de Oviedo, cansados del trajín, poco y mal dormidos, bajamos del avión y no sabíamos dónde meter la bufanda, el jersey, el anorak. El golpe de calor nos avisó de golpe y sin tregua que ya habíamos llegado. Mi trancazo catarral se curó como por milagro, y se me descongestionó la nariz como si nada me hubiera pasado. Tras una cena suficiente junto al aeropuerto, donde nos esperaba el P. Alejandro, nos fuimos a descansar a la casa de la Societè du Missions Africaines que tienen los franceses en la capital de Benin. Tomamos la vacuna, después el consabido safari de mosquitos por si acaso, y a dormir como pudimos algo bañados en sudor.
El viaje desde Cotonou hasta la misión diocesana que tenemos en Bembereké nos duró algo más de nueve horas. La carretera tenía baches de peaje (tal y como suena), de a quinientos francos cada tramo. Teníamos esto… o la pura selva. Optamos, como todos, por los baches. Fuimos pasando por un montón de pueblecitos de carretera, con sus mercadillos de frutos de la tierra, sus tenderetes de ropa de segunda mano (por lo menos), y sus puestos de gasolina embotellada para que las miles de motos y un puñado de coches puedan seguir funcionando.
Hicimos una pequeña parada para comer una tortilla francesa y beber algo, y luego otra en un monasterio de monjas cistercienses. Había olvidado una pomada en Oviedo que debo seguir echándome en la enorme cicatriz del costado que queda como señal de la cornada torera de veintitrés puntos tras la operación de riñón del verano pasado. Allí estas hermanas preparan ungüentos y pomadas a partir de las hierbas medicinales y los óleos que ellas mismas envasan. Pregunté a la hermana que nos atendió por su monasterio. Son cuarenta y seis monjas, bastante jóvenes, y además de trabajar en ese menester medicinal que tanto bien reportan para picaduras de bichines y serpientes, salpullidos y pieles dañadas, rezan como verdaderas hijas de San Bernardo y acogen a los que allí van a rezar con ellas en una casa de retiro con la típica hospitalidad de estas hermanas. Ora et labora, reza y trabaja, tal y como dice el lema de la gran familia benedictina a la que ellas pertenecen desde la reforma cisterciense. ¡Qué hermoso que en el corazón de África haya un lugar en donde se alaba de esta manera al Señor con la liturgia, y donde se ungen las heridas de los hermanos con los ungüentos al tiempo que se brinda un espacio para el retiro y la plegaria!
Llegamos finalmente a Bembereké. Muy cansados pero verdaderamente contentos. Ya habían aparecido las primeras sombras de la noche. Eran casi las seis de la tarde. Nos esperaban con los brazos abiertos. El padre Antonio, Jacques y su familia que preparaban la cena prevista para las ocho, y algunos catequistas que andaban también de preparativos para la misa del gallo que celebraríamos a las once.

Id a todo el mundo y anunciad el evangelio. Así comenzó la primera misión cristiana. Así hemos venido nosotros para estar unos días con los buenos hermanos que sintieron este mandato misionero para anunciar esta buena nueva a estos queridos pueblos que sin saberlo sus corazones lo estaban desde siempre aguardando al igual que sucedió con cada uno de nosotros en nuestro momento.