Dios que nace, niños que renacen (25 de diciembre de 2014)


 
Amaneció este día tan especial con un cielo muy nublado. Pensaba que en la fiesta de Navidad íbamos a tener el regalo de la lluvia, que aquí es una bendición. Pero mi ignorancia del terreno me hizo llamar cielo nublado lo que sencillamente era una nube de polvo, ese que en esta época del año impide respirar bien, te irrita los ojos y seca la garganta, y que en tanta gente provoca los catarros cuando la temperatura baja un poquito de madrugada. Es más frecuente en el tiempo seco y no se da en el de la época de lluvias, y aquí lo llaman Harmatan. No obstante se notaba el ambiente festivo en el vaivén mañanero de la misión. Los más jóvenes habían estado cantando hasta altas horas, cuyos sones y tambores nuestro cansancio fue escuchando cada vez más lejanos. No hay mejor somnífero que estar tronchado del cansancio de un largo viaje.

            El día de Navidad dejamos Bembereké y marchamos hacia Gamia, una de las comunidades que atiende la misión. Sin dejar la carretera medio asfaltada o medio bacheada, llegamos a este lugar que ya conocía de mi viaje anterior. Su comunidad es un regalo del cielo. El titular de la iglesia es San Francisco de Asís, motivo por el cual me une un afecto especial. Allí estaban esperándonos con todos sus colores vivos en los atuendos, especialmente de los niños y de las mujeres, y con sus cantos y bailes festivos dando así la bienvenida a quien venía en el nombre del Señor. Así estaban y así íbamos.

            Al terminar la bienvenida salieron corriendo los más jovencitos. No había casi sitio en la iglesia y querían conseguir un trocito de suelo. Era día de mercado, puesto que la vida seguía igual para los musulmanes y la religión tradicional (animistas). De hecho la iglesia parroquial está frente a una gran mezquita separándonos de ella la carretera nacional, amén de otras triquiñuelas. El jaleo afuera, por tanto, estaba asegurado. Pero por dentro no nos amilanamos y de hecho no fue menos, aunque de otra manera. Comenzó la procesión de entrada con la cruz alzada que nos presidía, los monaguillos con el incensario, Antonio y Manuel como sacerdotes concelebrantes y cerraba yo. Me traje una mitra y en las celebraciones de la comunidad entera me la pongo. A ellos les gusta y sienten que también tienen a sus pastores que no celebran de cualquier forma, que cuidan la dignidad que tiene la liturgia y que ellos son también cuidados por sus sacerdotes y obispos. No podía ser menos. También los pobres tienen derecho, no tanto a la parafernalia ampulosa y vacía, sino a la liturgia sencilla pero con todos sus elementos experimentando que también a ellos se les brinda la liturgia sin abaratamientos en nombre de no sé qué.

            Nuevamente fuimos presentados por parte de un responsable de los catequistas. Se veía el inmenso cariño lleno de gratitud con el que recibían al “obispo de Asturias que nos envía a nuestros sacerdotes misioneros y a los diáconos que pasan unos meses entre nosotros”. Un coro de jóvenes excelente, con los instrumentos de percusión propios de la cultura musical africana y un órgano electrónico, ponían su belleza al servicio de esta liturgia de fiesta en la Natividad del Señor. Las voces bien conjuntadas y sus movimientos armoniosos al compás de su canto, hacía que mi boca se quedase abierta de admiración, de gozo y agradecimiento por tanto regalo inmerecido al celebrar con ellos la gracia de Dios al modo africano. Ellos me dieron gracias por la visita, pero les dije aquello de que no sólo ellos eran visitados por mí, sino que yo gozaba porque era visitado también por ellos, y todos nosotros visitados por ese Dios que se hizo pequeñito para no darnos miedo sino para darnos con ternura y eficacia el don que nos traía viniendo así a salvarnos.

            Me dieron una lección grande en el momento de la petición de perdón. Es algo que no olvidaré. Nosotros solemos hacer deprisa y a veces rutinariamente el “yo confieso” y el “Señor, te piedad”. Ellos se tomaron tiempo, se pusieron de rodillas, guardaron un momento de silencio profundo y luego recitaron la plegaria como se recita en la Misa para terminar prorrumpiendo en un canto. Quedé impresionado, como si ese gesto sincero y verdadero pusiese mi vida y mi modo de celebrar ante el quicio de algo mejorable, de algo que yo tantas veces hago y digo por inercia sin caer en la cuenta de su profundo significado. Pregunté luego a alguno: ¿por qué os ponéis de rodillas en el momento del perdón de la Misa? Y me contestaron: porque pedir que Dios nos perdone y saber que Él viene a abrazarnos en lo que nuestra vida es menos bella y menos bondadosa, en todo aquello que le ofende o hace daño a los hermanos, es algo que debe recibirse y esperarse con humildad. El gesto de arrodillarnos viene a expresar esto: no una humillación de un Dios que nos aplasta juzgándonos implacable, sino la humildad gozosa y agradecida de quien tantas veces experimenta el abrazo del Señor que con misericordia gratuita viene a levantarnos. Su perdón no es un derecho que exigimos altaneros, sino un don que recibimos con una humilde alegría. Sólo quien se arrodilla verdaderamente puede ser levantado de veras. Y Dios lo hace así... nosotros no queremos perdérnoslo.

Yo me quedé sin palabras, pensativo, con la lección aprendida de estos hermanos visitados que me visitaban con esta evangélica sabiduría. Evidentemente Dios Maestro enseña en los sencillos, en los pobres, en los que tienen tanto que decirnos porque en sus vidas le dejan gritar al Señor a los que nos dormimos con frecuencia o con frecuencia nos distraemos. Bendito seas Señor, por estos tu hijos buenos.
 

Me aguardaba una sorpresa esa celebración. Era el día del Nacimiento del Señor y me presentaron para bautizar a diecinueve niños y niñas, casi recién nacidos. Sus jóvenes papás y los padrinos rodeaban el altar como en una media luna de un día con esas diecinueve estrellas. Tan pronto rompían a llorar, como me miraban con esos ojitos como luceros sin pestañear, o se quedaban callandito porque en vivo y en directo les tocaba el momento de mamar. Era la vida, la vida con toda su fuerza que rompe en llanto, que nos regala sonrisas y que a su tiempo había que alimentar. No era fácil ver de golpe tanta alegría como ellos así me mostraban.

Antonio y Manuel fueron haciendo las unciones, luego escuchamos las promesas, las renuncias, las letanías y el credo. Aquellos diecinueve síes de Dios con los que Él llamó a la vida a estas criaturitas, eran traídos por sus padres y padrinos alrededor de la pila bautismal. Sobre cada uno de ellos pusimos el nombre que para ellos habían escogido para hacerles hijos e hijas de Dios. Claire, Marie, Denisse, Wisdom, Emmanuel, Jenifer… Uno por uno era llamado desde la vida ya recibida a la Vida con mayúsculas para vivir ambas acompañados por su familia y por una comunidad cristiana que sabía lo que hacía. Fuimos poniendo nombre a la vida que el Señor nos regalaba tan generosa y esperanzadamente. Ahora había que poner la entrega y la compañía para que esa vida no fuera por nada ni por nadie frustrada. Me preguntaba qué palabra quiso Dios silenciar eternamente para decírnosla con aquellos labios pequeñitos que todavía no sabían hablar. Y qué caminos surcarían esos pies diminutos que no sabían aún andar, pero que Dios les pondría en marcha para anunciar su Buena Noticia. Y qué podrán acariciar esas manos tan pequeñas amasando un trocito de mundo y de historia que eternamente Dios retuvo para regalárnoslo con ellas.

Por cierto, uno de los pequeños tenía especial complicidad con el agua que se vio claramente cómo le encantaba. No sólo chapoteó el agua bendita de la pila bautismal bautizándonos a todo el cortejo, sino que me agarró lo que hacía de concha de bautizar y me costó que me la devolviera… por las buenas. Sus deditos decididos estrecharon los míos confundidos por tal pulso. Nos miramos. Nos sonreímos. Oiga… ¡todo un espectáculo! Este pequeño apunta maneras: será alcalde, presidente u obispo. Habrá que seguir su trayectoria. ¡Qué precioso día de Navidad, donde celebrando que Dios nacía para nosotros celebramos que estos pequeños nacían para Dios!

 

Descubriendo la piel del Niño Dios (24 de diciembre 2014)


Es inevitable que me asalten recuerdos de otras tantas navidades pasadas con mi familia cuando niño, adolescente y joven adulto, cuando fraile franciscano y sacerdote, cuando obispo. Pasan deprisa por mi mente los escenarios de otros momentos que fueron poniendo paisaje y ambiente en otros momentos de mi vida que empieza ya a tener su álbum de años. Madrid, Toledo, Ávila… Roma, Salzburgo… Huesca y Jaca, Oviedo. ¡Cuántos momentos, cuántos rostros, cuántas formas de vivir este instante dulcemente intenso de la navidad cristiana!
            Una vez duchados y colocados en nuestras estancias misioneras, nos preparamos a la cena. No acompañaban el Padre Alejandro y el Padre Antonio, Jacques y su familia, y algunos catequistas. Con ellos D. Manuel y yo nos sentamos a la mesa. Unos villancicos se oían en el comedor como música de fondo. Más al fondo el muecín musulmán entonaba sus plegarias como un contrapunto ajeno a lo que allí estábamos celebrando. Hice en francés la bendición dando gracias por el encuentro, por esa mesa fraterna que tenía un porqué y que no queríamos olvidarlo. Era noche buena, la noche más buena de la historia. Estábamos en África, sin la nieve de nuestros nacimientos en los lares habituales y sin el frío de estas calendas allá en lo que dejamos.
            La cena era especial y fue especial también el menú para tan señalado momento. Todo estaba ya en la mesa: una ensalada de lechuga y tomate, y unas tortillas de patatas. No hubo más. A mí aquello me llamó la atención hasta conmoverme. Nunca una sencilla tortilla de patatas me supo tanto a fiesta porque a manjar de fiesta le sabía a aquella gente. Estaban tan contentos que repitieron, y nosotros con ellos. Estos hermanos pusieron el nivel adecuado a lo que clasificamos como ordinario y extraordinario, como especial o como cotidiano. Haciendo así estábamos contentos de poder compartir un mantel cuya excepcionalidad festiva la marcaban quienes nos acogían. En este gesto de unidad con ellos, dejamos que entrase el motivo de su fiesta, que era la nuestra, y nos felicitamos. Bueno, también hubo un buen vino (este sí que era muy extraordinario, y tanto), piña de postre y unos turrones que trajimos desde Asturias.
            A las nueve y media bien pasadas nos despedimos para prepararnos. La misa del gallo empezaría a las once allí en la iglesia parroquial de la Misión. Ya se iban acercando las familias, los jóvenes con su algazara africana, y aunque no había mucha luz fuera de la iglesia, se iba formando el ambiente de algo especial cuidadosamente esperado y preparado. Al llegar a la iglesia hacia las once menos veinte, cuál fue la sorpresa verla toda llena (es bastante grande). En la capillita del santísimo un grupo de jóvenes rezaban el rosario, a los que me uní enseguida. Primero fui a ver el misal y las lecturas y darles un repaso de pronunciación. Todos me miraban con la curiosidad de quien ponía una nota de color: sobre la mayoría del negro, mi puntito blanco. Allí el de color era yo, y el que daba la nota ¡de qué manera! Fui saludando a los más pequeños que estaban delante, a los del coro… y me fui a rezar el rosario con los jóvenes de la capilla del fondo. Estaban con un grupito de Franciscanos de la Inmaculada, cuyo santuario y noviciado no está lejos y habían venido a celebrar con nosotros esta noche santa.
            Nos revestimos y comenzó la misa. Cruz procesional, un grupo suficiente de monaguillos excelentemente adiestrados en su oficio de ministrar, los concelebrantes. La procesión de entrada fue lenta y cantada y danzada. Realmente bella, con esa armonía simple y sentida, muy verdadera como todo lo africano. Tras el saludo ritual de la misa, los invitados fuimos presentados. Aquellos ojos blancos que brillaban como humanas luminarias en el fondo de la piel oscura de nuestros hermanos, se abrían con toda la curiosidad del mundo para ver quién éramos cada cual cuando nos fueron presentando con nuestro nombre, procedencia y oficio en la Iglesia del Señor. La acogida tomó forma de aplauso lleno de gratitud y benevolencia.
            Era inevitable que me supieran tan distintas aquellas lecturas, salmos y cánticos. El ambiente y el motivo era otro bien distinto este año. El relato del nacimiento de Jesús volvió a sorprenderme de nuevo. Como si estuviera oyéndolo por vez primera al ver una iglesia tan llena de cristianos que acogían de veras la buena nueva. Se proclamó en francés y en baribá (la lengua local). Al terminar el evangelio me dirigí a todos ellos. Les di las gracias por su acogida, por poder celebrar con ellos que Jesús ha nacido en medio de nosotros. Cada uno con nuestro nombre, con nuestra edad, somos como los pastores de aquella primera noche, noche buena de verdad. Y Él ha venido a salvarnos de un modo especial: no como un guerrero armado hasta los dientes que se aprovecha de nuestra indefensión, no como un potentado forrado de dinero que prescinde de nosotros o nos usa cual aprovechón, no como un sabelotodo que nos humilla en nuestra ignorancia. Dios ha venido a salvarnos haciéndose hombre… naciendo como bebé de una mujer joven y virgen para siempre. Ha sido su método, su forma de venir a contarnos lo que eternamente pensó y deseó para nuestro bien.
            Pero este Dios que era la Palabra… tuvo que aprender nuestra lengua para que nosotros podamos hablar la de Él. Este Dios que vino a pasearnos su mensaje, tuvo que aprender a andar en nuestros caminos para que nosotros podamos frecuentar los suyos. Un Dios así no da miedo, ni humilla, no se aprovecha de nosotros. Es un Dios que se nos muestra con la necesidad de crecer en sus hablares y andares, como sucede con cualquier niño al que su madre debe enseñar a decir las cosas y a no tropezar cuando camina. El quiso crecer delante de nosotros para que nosotros aprendiésemos a crecer ante Él.
            Tuvieron el gesto de cantar en español Noche de Paz, Noche de Dios. Recordaba esa pequeña iglesia austriaca muy cerca de Salzburgo, en Oberndorf, donde Franz Gruber puso música a la poesía que el párroco había escrito. Esa entrañable canción navideña del Stille Nacht, sonó en las gargantas beninesas de Bembereké con letra española. Realmente fue un detalle de cariño con el que nos desearon la feliz Navidad.
Era verdaderamente Noche de Paz, Nochebuena de veras, cuando asomado al nacimiento que adornaba la iglesia parroquial en nuestra misión diocesana, vi que el Niño Jesús había nacido negro, un negrito encantador arrullado por su mamá igualmente de su mismo color.

La piel de Dios no tiene pasaporte, no sabe de fronteras, no tiene problema con las lenguas. Dios se ha hecho uno de nosotros, naciendo allí donde la vida llora o sonríe, donde sueña sueños de oro o se desvela con pesadillas, donde ama y la corresponden, donde la desprecian hasta el holocausto. Dios ha venido para hacernos esta grande gracia navideña: aprender mi lengua para que yo sepa de sus hablares, venir a mis caminos para que yo frecuente los suyos por donde anda. El Niño Dios es tan africano como europeo, su piel es tan blanca como la mía y tan negra como la que aquí estoy viendo. Bendito milagro de quien así ha puesto su tienda de encuentro en el descampado de mis contiendas de desencuentro.

Es Nochebuena. Salimos cantando con una procesión cantada y danzada de nuevo. No había prisa aunque era ya mucho nuestro cansancio acumulado por un largo viaje. Ellos se quedaron a continuar la fiesta a su modo y con sus cantos. Yo me fui a descansar rendido y lleno de gozo. Los ángeles de aquel Portal y aquellos pastores velarían mi sueño. Feliz Navidad.


Sal de tu tierra… Id al mundo entero (23 diciembre de 2014)

Salimos cuando ya había anochecido en Oviedo. El orvallín nos despedía con un clima fresco de unos trece grados. Al llegar a Madrid para tomar el avión, era ya madrugada. El frío nos alertaba con su grado sobre cero que estábamos en el invierno castellano. “Sal de tu tierra…”, se le dijo a Abraham, el primer misionero en la andanza de ir a donde Dios le enviaba. Con esta emoción y con semejante respeto iniciábamos también este viaje misionero, aunque tan sólo duraría unas semanas. 
Todo lo que teníamos que facturar lo hicimos con la dirección bien puesta: "Mission Catholique. Bembereké (Benin)". Allí marchaban los bultos y nosotros con ellos. Lo habíamos decidido meses atrás: pasar la Navidad con nuestros hermanos misioneros, en ese enclave asturiano que la Diócesis de Oviedo tiene en el corazón de África. Tantas veces me lo habían sugerido tras mi último viaje allá, hace ahora dos años. Y ha llegado el momento como gesto de cercanía, de agradecimiento, de apoyo fraterno, cuando ese continente hermano ha vuelto a saltar a las noticias no por su belleza, no por sus recursos, no por la bondad sencilla de su gente sufrida y de tantos modos creyente, sino por la pandemia de turno que ahora se llama ébola como en otro momento se llamó sida.
            Ya había segado muchas vidas el ébola, este virus letal. Pero no despertó ningún interés especial durante años, ni los laboratorios se unieron para atajar su mordiente mortal, hasta que su zarpa arañó fatalmente a europeos y americanos. Podrían contagiarnos, se decían los asustados del primer mundo opulento e insolidario: hagamos algo. Y lo hicieron, están en ello. Mucho me impresionó que la inmensa mayoría de los misioneros no hayan querido volver, permanecen allí siguiendo la suerte de su pueblo al que por amor a Dios fueron, y al que con amor de Dios no dejan de anunciarles la esperanza y la gracia, la dignidad y la justicia, el perdón y la alegría, en definitiva, la Buena Noticia cristiana. Era el momento de estar también con ellos.
            Era justo que yo como arzobispo de Oviedo y mi secretario, D. Manuel, fuésemos allí esta Navidad, y que creyésemos que sería el mejor modo de emplear si no la lotería que no nos tocó, porque no jugábamos nada, sí al menos destinar a esto la paga extraordinaria navideña nunca mejor empleada. No importa el largo viaje, ni la falta de todo lo que habitualmente te rodea y te regala. Vale la pena llegar allí con estos hermanos nuestros sacerdotes diocesanos, con las religiosas Dominicas de la Anunciata y los muchos catequistas a los que ayudan y por los que son ayudados. Cambiar de paisaje y escenario, y atrevernos a celebrar el mismo misterio de un Dios que se hace Niño con estos buenos hermanos por los que también Jesús vino y dio su vida. Hacerlo al modo africano con todos sus medios y a su manera.
            Hicimos escala en Bruselas unas cuantas horas, lo cual aprovechamos para celebrar la santa Misa en una parroquia y ver la Catedral y el centro histórico de esa emblemática ciudad que alberga ahora al Consejo de Europa como sede. Lluvia y frío, y una ciudad que se engalanaba con ambientación navideña según el diseño de la época: símbolos, colgantes, algún nacimiento belenero, guirlandas y estrellas, escaparates adornados para el momento, niños que tras sus bufandas no ocultaban en sus ojitos que sin cole también ellos estaban de fiesta. Pero ocurre lo que tantas veces comprobamos en nuestra vieja Europa: que tenemos una música hermosa navideña pero cuya letra hemos olvidado, no entendemos o ha dejado ya de conmovernos lo que con su solfa y su texto Dios quisiera seguir relatándonos. Es la Navidad de nuestro primer mundo: bella por lo que evoca, noble en su fecha y su recuerdo, pero quizás demasiado vacía de su significado hasta el punto de estar vacía del sentido verdadero. ¿Cómo será la Navidad africana?
Al llegar a Cotonou veinticuatro horas después de haber salido de Oviedo, cansados del trajín, poco y mal dormidos, bajamos del avión y no sabíamos dónde meter la bufanda, el jersey, el anorak. El golpe de calor nos avisó de golpe y sin tregua que ya habíamos llegado. Mi trancazo catarral se curó como por milagro, y se me descongestionó la nariz como si nada me hubiera pasado. Tras una cena suficiente junto al aeropuerto, donde nos esperaba el P. Alejandro, nos fuimos a descansar a la casa de la Societè du Missions Africaines que tienen los franceses en la capital de Benin. Tomamos la vacuna, después el consabido safari de mosquitos por si acaso, y a dormir como pudimos algo bañados en sudor.
El viaje desde Cotonou hasta la misión diocesana que tenemos en Bembereké nos duró algo más de nueve horas. La carretera tenía baches de peaje (tal y como suena), de a quinientos francos cada tramo. Teníamos esto… o la pura selva. Optamos, como todos, por los baches. Fuimos pasando por un montón de pueblecitos de carretera, con sus mercadillos de frutos de la tierra, sus tenderetes de ropa de segunda mano (por lo menos), y sus puestos de gasolina embotellada para que las miles de motos y un puñado de coches puedan seguir funcionando.
Hicimos una pequeña parada para comer una tortilla francesa y beber algo, y luego otra en un monasterio de monjas cistercienses. Había olvidado una pomada en Oviedo que debo seguir echándome en la enorme cicatriz del costado que queda como señal de la cornada torera de veintitrés puntos tras la operación de riñón del verano pasado. Allí estas hermanas preparan ungüentos y pomadas a partir de las hierbas medicinales y los óleos que ellas mismas envasan. Pregunté a la hermana que nos atendió por su monasterio. Son cuarenta y seis monjas, bastante jóvenes, y además de trabajar en ese menester medicinal que tanto bien reportan para picaduras de bichines y serpientes, salpullidos y pieles dañadas, rezan como verdaderas hijas de San Bernardo y acogen a los que allí van a rezar con ellas en una casa de retiro con la típica hospitalidad de estas hermanas. Ora et labora, reza y trabaja, tal y como dice el lema de la gran familia benedictina a la que ellas pertenecen desde la reforma cisterciense. ¡Qué hermoso que en el corazón de África haya un lugar en donde se alaba de esta manera al Señor con la liturgia, y donde se ungen las heridas de los hermanos con los ungüentos al tiempo que se brinda un espacio para el retiro y la plegaria!
Llegamos finalmente a Bembereké. Muy cansados pero verdaderamente contentos. Ya habían aparecido las primeras sombras de la noche. Eran casi las seis de la tarde. Nos esperaban con los brazos abiertos. El padre Antonio, Jacques y su familia que preparaban la cena prevista para las ocho, y algunos catequistas que andaban también de preparativos para la misa del gallo que celebraríamos a las once.

Id a todo el mundo y anunciad el evangelio. Así comenzó la primera misión cristiana. Así hemos venido nosotros para estar unos días con los buenos hermanos que sintieron este mandato misionero para anunciar esta buena nueva a estos queridos pueblos que sin saberlo sus corazones lo estaban desde siempre aguardando al igual que sucedió con cada uno de nosotros en nuestro momento.

12. Palabra final. 3 de marzo de 2012


La gracia agradecida de una sorpresa anunciada

      

     

    Debo terminar ya este relato testimonial. Ha sido como un diario de viaje que me ha llevado desde Asturias hasta Bembereké. Lo dije al comienzo en mi breve primera entrada: voy vacunado para casi todo, pero no para Dios, que estoy dispuesto a que me “contagie” sorprendiéndome en cada momento y en cada rincón. Al final de este periplo misionero puedo decir que realmente el Señor ha sabido sorprenderme cuando me ha permitido asomarme a tantas realidades, rostros, desafíos, que hacen que ya no pueda ver mi cotidiana aventura del mismo modo. Ha sido una gracia de Dios.

          No es la impresión fugaz de algo impresionante. Es algo que queda grabado a fuego dentro de tu alma, y que no puedes olvidar ni quieres. Dios tiene piel negra. Dios tiene problemas de agua, de alimento y de vivienda. Dios necesita tener iglesias. Dios quiere ser educado en aquellas lenguas, con esa cultura, con esos modos y maneras. Dios tiene una gracia que repartir a aquellos sus hijos, y una Buena Nueva que contarles. Dios está allí… y en aquellos hermanos nuestros nos espera.

          La Misión Diocesana de Bembereké es una parroquia grande que nuestra Diócesis de Oviedo atiende en aquel lugar. Son tantas personas, es tanto el territorio, son tantas las iglesitas y capillas, es tanto lo que se nos pide y de nosotros se espera, que resulta insuficiente tener sólo un misionero, nuestro querido hermano el P. Alejandro, y deberemos ver el modo de ayudarle y de ayudarnos: con presencia de algún sacerdote más, o de laicos, o de religiosas; con el compartir fraterno de los bienes que nosotros tenemos en todos los sentidos. No es paternalismo ni frívolo saco roto. Es, como dice Pedro en su primera Carta (1 Pd 4,10), ponernos al servicio de los hermanos con los dones que hemos recibido de Dios.

          Doy gracias al Señor y me pongo bajo la mirada de nuestra Santina de Covadonga, para que esta dimensión misionera de nuestra Iglesia Diocesana de Oviedo, despierte el compromiso evangélico más puro y más generoso y sincero. No se nos pide dar lo que nos sobra, sino incluso aquello que estamos necesitando para nosotros mismos. Como la pobre viuda del Evangelio, cuyo gesto no pasó desapercibido a los ojos de Jesucristo.

          Mi gratitud a cuantos han trabajado en esa Misión Diocesana a lo largo de estos veinticinco años, cada uno con su nombre y con su siembra que ha ido quedando. Gracias a José Antonio y a César que me han acompañado y con los que he convivido estrechamente como hermanos. Gracias a Alejandro, que allí sigue contento y entregado. Ayer me escribía este correo: “Querido D. Jesús: doy infinitas gracias a Dios por haber hecho realidad, con su cristiana complicidad, la tan deseada y ansiada visita. Me siento, además de agraciado y agradecido, especialmente contento. Su palabra y sus compromisos han agrandado y fortalecido nuestra esperanza. Toda mi vida es para Cristo y su Iglesia. Es una enorme gracia poderla vivir, muchas veces indignamente, entre los preferidos del Señor y así servir humildemente a su pueblo que camina en Asturias. Espero poder seguir con Vd. una relación tan sincera como continua. Un fuerte abrazo y que el Espíritu vigorice su difícil misión”.

          Pues a eso estamos, querido P. Alejandro. Por último, gracias a quienes han hecho posible que hayamos hecho esta visita pastoral, y a nuestra Delegación de Medios de Comunicación (José Emilio y Anabel), que tuvieron la buena idea de acercar nuestros respiros misioneros a tanta gente del mundo entero a través de este blog que han cuidado con todo esmero.

          El Señor ha estado grande. Nosotros estamos contentos. Él os bendiga y os guarde.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo

11. Los bajos fondos de una cárcel y las altas cimas de la esperanza


“Y bajó a los infiernos”. (2 de marzo de 2012)

La bendición de los colchones

         
         Llegando ya al término de mi estancia en Benín, me aguardaba todavía un último asombro con el que no cuentas, para el que no estás preparado, y que se te impone así: gratuitamente y de sopetón. Resulta que el P. Angel me había pedido un regalo con motivo de los diez años de ese centro de Mensajeros de la Paz, La Maison de la Joie pour les Enfants. Lo hizo al final de la misa que presidí y de la que ya he hablado. Lo hizo públicamente comprometiéndome cordialmente ante todos.

          ¿Un regalo? Sí, un grande e insólito regalo: véngase esta tarde conmigo a la cárcel y visite a las reclusas que son madres, a los jóvenes que están allí dentro. Puff… ¡cómo negarme! Más aún: me parece que el regalo será mutuo porque vendrá envuelto como Dios precinta sus cajas con un buen lazo de amor y caridad. Lógicamente le dije que sí, y lo dije de todo corazón, no para salir del paso sacudiéndome el agobio. Pretexto tenía, pues se trataba de hacer hueco en una tarde en la que ya debíamos ir al aeropuerto para volver a España. Pero sin dudarlo, le dije que le hacía y me hacía ese cristiano regalo.

          Una vez más volvía el texto del Evangelio de San Mateo que ha venido “persiguiéndome” en todo este viaje a la Misión: “venid a Mí, porque estuve en la cárcel y vinisteis a verme”. Y allí estaba Él, en una presencia que no figura en los catálogos, y que descoloca aparentemente cualquier plan pastoral haciendo saltar por los aires hasta el mismísimo YouCat. Sólo en apariencia, como digo.

      
    La primera cosa que nos encontramos a las puertas de la prisión de Cotonou fue la cantidad de coches oficiales que había. Se trataba de una visita y posterior reunión que tenía con una representación de presos el Presidente de la Asamblea de Benín, algo así como el Presidente del Parlamento. Una vez dentro, y camino del pabellón (por decir algo) de las mujeres, nos cruzamos con él. Me saludó atentamente y nos dio las gracias por nuestra visita y nuestra labor dentro de la cárcel. Era algo chocante, el despliegue de seguridad que acompañaba al Presidente y su séquito, las miradas de los presos como armas arrojadizas a su paso, y nuestra pequeña y desarmada Delegación: La Hermana Begoña (monja española que trabaja allí con las mujeres y sus pequeños), el P. Angel y sus colaboradores más cercanos, y nosotros cuatro (Alejandro, José Antonio, César y yo) que como jinetes del Apocalipsis veníamos desde Bembereké.
          Tras una puerta estrecha y maltrecha, pasamos a la zona de las mujeres. Nos acompañaba un funcionario de la prisión. Debo reconocer que impresionaban sobre todo las miradas, en las que se mezclaban los gritos de auxilio, la gratitud por la visita, el desprecio por haber llamado a su puerta, y los deseos más inconfesables que te sacaban los colores. Un montón de mujeres, en su mayoría jóvenes, muy jóvenes incluso, que estaban hacinadas como no vi cosa alguna. Sin ningún tipo de recato, pero sin perder la dignidad, allí estaban viéndonos pasar.
          Algunas de ellas, mamás jóvenes, tenían a sus pequeños hijos con ellas, mamando todo lo que allí se podía mamar: su leche materna, pero también todo cuanto de insalubre, de dureza, de violencia, de desesperación, inevitablemente no se podía filtrar. Bajo unas lonas que protegían del sol atorrador y aterrador con un calor que olía tremendamente mal, nos fuimos colando hasta el final de aquel corredor al aire libre, el único que –con dificultades– era libre en aquel lugar.
          Nos dejaron pasar a una celda dormitorio. Allí pernoctaban más de sesenta mujeres con sus hijos encima, en un ambiente lúgubre, irrespirable y hediondo que no sabría describir y que jamás olvidaré. Veías de todo, hasta lo que no sabías que existía y que ya no se podía dar. Las ideas que uno tiene de nuestras cárceles europeas, al menos las que he visto yo, son casi la cadena Hilton en comparación con estas. Sus ropas exteriores e interiores mal lavadas estaban colgadas por doquier para secarlas. La comida se la preparaban ellas mismas cocinando en el suelo con fuego de piedra y leña, en perolas terribles que cocían no sé qué. Así íbamos hasta que la Hna. Begoña me dijo que pasara a un pequeño ensanche bajo lonas, donde habían colocado unas bancas de madera. Había que hablar.
          Hablaron tres mujeres. En un francés realmente gritado, pues parecía que nos estaban abroncando como si fuésemos los culpables o al menos los cómplices de aquella situación suya, nos dieron las gracias por estar allí. Agradecieron el pequeño pabellón que Mensajeros de la Paz habían facilitado su adecentamiento y el equipamiento de camas y colchones. Particularmente agradecidas por la labor de la Hna. Begoña y los demás cristianos que trabajan en la pastoral penitenciaria de aquél increíble lugar. No faltó la crítica a otras organizaciones, algunas oficiales y gubernamentales, que iban allí sólo para sacarse fotos en la campaña electoral.
          Cuando terminaron de hablar…, y dejándonos mudos de asombro y de dolor, me pidieron que les dijese algo, que tenía que darles un mensaje. Fui casi incapaz. Y conmovido hasta el tormento, especialmente por lo que nos dijeron sobre las mujeres verdaderamente inocentes que están allí sufriendo una condena injusta y ajena, traté de decirles algo, más con los ojos misericordiosos que con el discurso de mis pobres palabras, muy sentidas y sinceras, pero enormemente desproporcionadas.
          Hay muchas prisiones, les dije. Esta vuestra, tan terrible, pero también está la de afuera que es muchas veces más cruel todavía. Vosotras sabéis lo que es sufrir aquí y no tener libertad, afuera ni siquiera lo saben y viven como esclavos de su egoísmo, de sus injusticias, de sus mentiras, quienes creen que gozan de una falsa libertad. Ellas rompieron en aplausos y yo casi rompo a llorar. Los niños que merodeaban nos miraban extrañados. Las madres y demás mujeres lo hacían con un respeto y con una atención que te helaba la conciencia de tu palabra en aquel momento.
          Aunque cueste creerlo, Dios os quiere. Está con vosotras y no deja de sostener vuestra esperanza. Es el único que no juega con vuestra libertad, el único que conoce de veras vuestros errores y vuestra inocencia. Y así os ama. Os ama de verdad y sin ponerle precio.

Haremos lo que podamos por ayudaros a estar aquí y por que salgáis quienes nunca debíais haber entrado.

          Ellas acogían esas pobres palabras traduciéndolas en el compromiso que ya han verificado de la Hna. Begoña y sus colaboradores cristianos, y sabían que no era un hablar por hablar o por salir del paso. No les pedíamos un voto, no nos hicimos ninguna foto con ellas, no les suscribimos a nada ni les exigimos el pago de un peaje religioso y parroquial. Tan sólo quisimos acercarnos al sufrimiento real de personas que han cometido errores, tal vez no todos han hecho los más graves errores, pero ahí estaban muriendo en vida en un infierno sin libertad. La Hna. Begoña me pidió que las bendijese. Y ellas lo esperaban. Para ese sencillo gesto, vinieron incluso quienes no participaron en nuestra improvisada reunión. ¡Cómo me impresionó verlas arrodillarse, juntar sus manos en el pecho cruzadas, y bajando sus cabezas recibir la bendición del Señor! Así lo hice, bien sabedor que Dios me había bendecido a mí en ellas. Sin palabras. Sencillamente sin palabras.
          Finalmente fuimos a otro patio donde estaban los jóvenes. Unos sesenta chicos entre 15 y 20 años (más o menos), estaban igualmente hacinados, de cualquier modo y manera, quemando sus energías mozas con un balón o algo que lo parecía. Resulta que estaban enfermando, y no sabían por qué. La celda donde dormían todos apenas sin luz y sin ventilación, tenían los colchones de gomaespuma talmente infectados que dormir allí suponía contraer cualquier cosa. Debían quemarlos todos. Pero no había presupuesto para unos nuevos. Es lo que facilitaron los Mensajeros de la Paz. Nos enseñaron los colchones y querían que ¡los bendijese! ¿Bendecir unos colchones? Sí, hágalo, me dijeron.
          Y bendije aquellos colchones como se bendice un coche, una casa, un colegio o un hospital: para que el Señor diga-bien, para que bien-diga a los que en ellos dormirán. Y así les dije a los chicos: no sé por qué estáis aquí en la cárcel ni cuánto durará vuestra estancia, pero deseo de corazón y así lo pido a Dios, que estos colchones os permitan soñar la libertad dejando atrás todas vuestras pesadillas. Habéis nacido para la libertad y para el bien, no defraudéis a Dios que a esto os ha llamado. Aplaudieron, nos dieron la mano entusiasmados y agradecidos. Y nosotros nos fuimos marchando.
          ¡Qué tremendo, Dios mío! Fueron unas horas de paréntesis casi inhumano. Pero para nosotros el paréntesis se terminó cerrando. El de esas mujeres y esos chavales seguía cotidianamente abierto y esperando. Allí estaba Cristo, en esa cárcel, donde fuimos a verle en la carne, el corazón y el alma de sus hermanos en prisión. Saliendo afuera, vi a los presos “externos”, los que sin saber de sus barrotes, celdas y cadenas, también están sin libertad, sin fe, sin amor ni esperanza. El llamado “primer mundo” es a veces es un penal de lujo y con cinco estrellas, en donde tampoco se vive la paz, la alegría, el respeto y el amor por los que Cristo dio su propia vida.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm

Arzobispo de Oviedo




10. Entre el sueño de Dios y las pesadillas humanas: la esperanza de los niños

“El que no se haga niño no entrará en el Reino de los cielos”. (2 de marzo de 2011)



           Una de las cosas que me decían los lugareños benineses es que su país no es tan conocido como otros de África porque no tienen conflictos bélicos: ni están en guerra con los países limítrofes ni tienen tampoco batallas tribales entre las propias etnias. Sin duda que es un motivo de alivio semejante ignorancia y una triste celebridad cuando te conocen por las masacres raciales y los enfrentamientos violentos.

           El testimonio de no pocos misioneros, algunos de los cuales han sido nuestros cuando teníamos la Misión Diocesana en Burundi o en Guatemala, es que determinadas violencias son de diseño: están programadas o bien desde el egoísmo de algunos prepotentes que quieren seguir manteniendo sus imperios de dinero y propiedades a toda costa y por cualquier precio (incluso matando u organizando matanzas entre los pueblos); o bien desde el interés comercial de la industria armamentista de las potencias mundiales, capaces de provocar una guerra fratricida para dar salida al armamento que se les quedaba obsoleto y apunto de caducar, o para probar novedades jugando con las vidas de inocentes como se experimenta con los conejillos de indias; o bien porque hay otro tipo de intereses de índole estratégica y conviene desestabilizar una zona del planeta para debilitar aún más su débil posición o hacer más fuerte la de ellos frente a todos los demás.

           Todo esto se da bajo diseño jaleado, financiado, urgido entre aquellos pueblos africanos también. Por este motivo la voz de la Iglesia en cualquiera de estos escenarios antes señalados es siempre una instancia incómoda. Nos sucede igualmente con determinados gobiernos y partidos políticos dentro de la sociedad democrática y pacificada. Pero en donde además hay violencia y guerra, el Evangelio de la Paz suena extraño y provocativo, y presentar el mensaje cristiano en toda su integridad no es apto para todos los públicos que quieren hacer de la suya una única voz. La mejor manera entonces de censurar el mensaje es matar al mensajero, y así se hace de tantos modos dando pie a las mil historias martiriales: desde Jesucristo hasta el último que por amor a Él y a los hermanos sufrieron el alto precio de tener que entregar la vida como el Maestro.




           La paz, la paz. De esto versó nuestra última mañana en Cotonou, porque sabiendo que estábamos allí en Benín el Arzobispo de Oviedo y la Delegación de Misiones de nuestra Diócesis, el Padre Ángel nos invitó a la misa que se había organizado por parte de Mensajeros de la Paz con motivo del décimo aniversario de la sede en Benín, concretamente la “Maison de la Joie pour les enfants”, la Casa de la Alegría para los niños. Allí fuimos, y junto al Señor Nuncio Apostólico de Benín y Togo, algunos sacerdotes diocesanos de Cotonou, religiosas, embajadas extranjeras, nuestro Señor Cónsul y las personas que llevan ese Centro de acogida, celebramos la Eucaristía con los niños que están recogidos en ese lugar de esperanza.



           Gentilmente me cedieron la presidencia de la Santa Misa. Durante la homilía pude agradecer públicamente la labor meritoria que este sacerdote asturiano, el padre Angel, lleva adelante desde hace más de cincuenta años, los que él lleva de ordenación sacerdotal. Su presencia en tantos países del Tercer Mundo y también en medio de nuestro Primer Mundo herido de insolidaridad, acerca la esperanza al mundo de la ancianidad y de la infancia más desprotegidas. Como él mismo decía en sus palabras finales, Mensajeros de la Paz debe su inspiración a la Iglesia y con ella quiere caminar. Nos dio las gracias a los obispos, haciendo mención expresa a los que hemos pasado por la sede arzobispal de Oviedo: Tarancón, Díaz Merchán, Osoro y ahora Sanz.

           Los niños son siempre los preferidos de Dios. Ellos fueron la mejor parábola que Jesús nos propuso poniéndoles en medio de sus discípulos y diciendo que sólo quien se haga como un pequeño podrá entrar en el Reino de los Cielos, y ay de aquél que abuse o maltrate a un inocente pequeñín, pues más le valdría que con una piedra de molino atada al cuello le arrojasen al mar. Palabras graves y severas, que tienen una triste actualidad cuando hemos tenido que pedir perdón por esos crímenes también dentro de la comunidad cristiana, como ejemplarmente ha llevado a cabo con libertad y humildad el Santo Padre Benedicto XVI. No obstante, en la violencia física, moral y sexual contra los niños, los casos de sacerdotes o religiosos que han sido acusados y condenados por este terrible delito, representa el cero coma poco del porcentaje de una tragedia mundial y de una modalidad de crimen cultural de nuestra sociedad más corrompida y pervertida. Como tantas veces hemos repetido, un solo caso entre nosotros ya habría sido demasiado, cuánto más si han sido tantos casos como hemos tenido que lamentar. Pero dicho esto, hemos de seguir insistiendo en que este problema no es de la Iglesia Católica o de su clero (cero coma poco, lo repito), sino de una sociedad enferma y desquiciada, de la que también los cristianos formamos parte en su lado más oscuro. La criminalización que hemos sufrido por parte de determinados grupos políticos, mediáticos y culturales, ha escenificado injustamente que la pedofilia es un pecado “sólo” de los católicos, “sólo” del clero católico. Evidentemente hay una intencionalidad macabra y estratégicamente diseñada.

           Aquellos niños recogidos en La Maison de la Joie pour les enfants eran el patente testimonio de esto que acabo de indicar: compra-venta de pequeños, abuso sexual y redes de pederastia, maltrato físico, víctimas de sus padres, exclusión por defectos físicos o enfermedades, y un largo y terrible etcétera. Esos niños preferidos de Dios, fueron despreciados por los hombres. A esos niños creados con un sueño de bien y felicidad por Dios, se les impuso una cruel pesadilla tan injusta como indebidamente. Y allí estaban tratando de salir adelante… con Dios y ayuda. Ese es el mensaje de los Mensajeros de la Paz.

Como hacemos en nuestra Misión Diocesana de Bembereké, como se hace en tantos sitios a través de la presencia de la Iglesia, queremos devolver a los niños ese sueño de Quien les creó, sacándoles de todas nuestras pesadillas. Y la pregunta no retórica de dónde está Dios cuando suceden estas cosas, cuando hay catástrofes naturales, cuando se dan las guerras… tiene siempre una respuesta que tampoco debe ser teórica: Dios está en primer lugar en los que sufren, en aquellos que son víctima de cualquier cosa o situación. Y en segundo lugar, Él también está en los que habiendo entendido su Misericordia y Ternura divinas, “le prestan” sus manos, sus labios, sus ojos, su corazón, su tiempo, sus talentos, para que a través de ellos los que sufren y son víctimas puedan volver a empezar con una esperanza sin trampa.

           En Cotonou hay una casa, que está pintada de alegría, y en la cual los niños más desamparados han aprendido a sonreír dejando de ser rehenes de sus desdichas. Sí, La Maison de la Joie pour les Enfants es una hermosa expresión de las muchas que tienen los Mensajeros de la Paz. Dios soñó a estos pequeños, y han sido salvados del egoísmo que les imponía las peores pesadillas.

+ Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo