"Para ser libres nos libertó Cristo" (Gál 5,1). (2 de marzo de 2012)
Hemos dejado atrás ya Bembereké. El viaje de regreso hacia
Cotonou, capital administrativa y económica de Benín, nos esperaba más o
menos como lo hicimos al llegar: kilómetros y kilómetros de peaje de
arena, o de asfalto con mil baches y verdaderos socavones. A nuestro
paso por los pueblecitos surgen de nuevo los típicos puestos vendiendo
la gasolina en botellas de todos los tamaños, la fruta exuberante o las
grandes perolas de mandioca que parecen montañitas de cus-cus. No faltan
por doquier las mujeres con sus hijos a la espalda con la pañoleta
vistosa y colorida de sabor africano para sostener al bebé que aprende a
vivir como guardaespaldas de su madre, o más bien, bien guardado y
protegido tras la espalda maternal.
Hay un sinfín de momentos que he vivido en estos días
intensos. Necesitaría tiempo para poder asimilar tanta belleza y tanta
bondad, al igual que tanta pobreza y tanta precariedad. Le pido a Dios
que no sea yo una máquina de fotos que almacena sin más imágenes sobre
imágenes. Dicen de los japoneses, algo malvadamente, que cuando vienen a
Europa no la ven, sino que la fotografían. Logran verla cuando regresan
a sus tiempos y espacios nipones. No, no quisiera haber pasado por
encima de esta realidad tan impactante en todos sus contornos, ni
tampoco quisiera haberme asomado desde el objetivo de una maquinita
digital. Sé que no ha sido así, pero pido a Dios la gracia de saberlo
asimilar con gratitud y con responsabilidad.
Me contaba un misionero madrileño, aunque cura de la
Diócesis de Barbastro, el padre Rafael, que desde que llegó a Benín, a la
Misión Fô-Bouré, le sorprendían tantas cosas de la acogida y
hospitalidad de los africanos. Una de ellas es que a veces vienen a
“verte”. Literalmente dicho: no vienen a hablar, o a pactar, o a
negociar, sino que vienen a verte. Y pueden estar rato y rato
observándote en tu habitual quehacer simplemente así: viéndote. Y si te
encuentran bien, si das la apariencia de que todo está en orden, que
todo es sereno, que “se te ve bien”, entonces se marchan contentos y
agradecidos.
Yo he venido a “ver” este rincón africano, sus gentes, sus
tradiciones, su cultura, pero sobre todo cómo ellos viven la fe, cómo
comienzan a hacerse cristianos, cómo maduran en su amor a Dios y en su
pertenencia a la Iglesia. Puedo decir que lo que he “visto”, pero
también lo que he oído, lo que han palpado mis manos, me ha conmovido
profundamente haciéndome mucho bien. Yo he intentado hacer todo el bien
del que soy capaz con la ayuda del buen Dios y de los hermanos buenos
que me acompañaban.
Aquellas casi ocho horas de viaje desde Bembereké hasta
Cotonou en el jeep (más bien un Toyota) de la Misión que no tiene ya
secretos para el padre Alejandro, nos condujo a un aspecto hasta ese
momento sin abordar y que era necesario para entender no pocas cosas de
este modo de ser africano. Sí, bordeando Cotonou fuimos hacia un pueblo
de la costa: Ouidah, para ver una especie de museo donde se cuenta in
situ lo que allí aconteció. Lo llamaríamos un centro de interpretación
si así lo hubieran planteado, pero no deja de ser más que recorrer unas
estancias muy abandonadas, unos jardines, que es la fortaleza de los
portugueses y luego de los franceses. Pero, fortaleza ¿de qué?
Podríamos pensar que se trata de una fortaleza típica de
costa que hace las veces de gran malecón militar para disuadir a los
enemigos, para defenderse de ellos si amenazaban con entrar atacando
desde el mar. Pero la cosa es bien distinta. No había enemigos, sino
gente desarmada. No pretendían llegar amenazantes desde fuera con
pretensión atacadora, sino que estaban dentro desde hacía años, siglos,
porque eran las gentes del lugar. No tenían más interés que volver a sus
hogares, con los suyos, en donde sus vidas nacieron y crecieron hasta
que ocurrió lo que ocurrió. No lograban explicarse qué estaba pasando
allí cuando de modo brutal les enajenaban de lo que era más suyo.

Sí, me estoy refiriendo al mundo de los esclavos. Verdaderas
redadas de hombres, de mujeres y de niños que eran capturados en
increíbles cacerías humanas. Los llevaban a esa fortaleza, los
hacinaban, los maltrataban de hambre, de sed, de miedo y de falta total
de libertad, imponiéndoles indignamente lo que era una obscena rapiña de
la dignidad.
Eran sometidos a pruebas de resistencia bajo todas las
inclemencias inhumanas, sin que faltase la de la oscuridad prolongada en
unos sótanos insalubres, para ver si eran capaces de aguantar la
travesía posterior en las galeras del barco, amontonados y grillados con
rumbo a ninguna parte donde las personas dejan de ser alguien, pasando a
ser sin cita previa unos “don-nadie”, sin nombre, sin historia, sin
derechos, sin libertad.
Aquellos que no morían en el intento o que eran descartados
como “material” inservible porque enfermaban, se procedía a la subasta
de su precio. En la plaza de ese pueblo se erigía el gran árbol bajo a
cuya sombra se iban vendiendo al mejor postor a estos pobres infelices
que fueron creados para la felicidad. Era la venta de carne humana, de
animales de carga o de tracción, era la adquisición por parte de los
prepotentes de quienes luego usaban y abusaban sin conciencia de nada,
sin ningún freno a sus fantasías o a su perversión. Se hacían dueños de
quienes jamás perdieron su condición de hijos de Dios, de aquellos
hombres, mujeres y niños en los que la única propiedad amorosa y llena
de respeto seguía perteneciendo a quien en cada poro de su piel, en cada
latido de su corazón, en cada respiro de su ensueño y esperanza había
grabado indeleble su firma de autor: Dios.
Les hacían dar vueltas en torno a un árbol para olvidar lo
que irreversiblemente dejarían para siempre atrás, y finalmente los
encaminaban por un camino recto, cansino y monótono hasta la playa
maldita de una incomprensible maldición. Allí han levantado un monumento
recordatorio cuyo nombre todavía hoy nos sigue sobrecogiendo: “la porte
du non retour”, la puerta del no retorno.
Nosotros cuatro, Alejandro, José Antonio, César y
un servidor, nos quedamos en silencio mirando desde allí el horizonte
infinito del mar. Las olas nos arrullaban discretas con su melodía
relajante del vaivén que viene y del vaivén que va. Sí, discretas.
Porque si supiésemos escuchar todavía hoy podríamos oír los llantos de
aquellos pobres, con clase humana de esclavos, vendidos por las treinta
monedas de siempre que se quiere censurar a Dios en sus hijos, o a éstos
en el nombre falso de Dios. Ese llanto quedó allí grabado para siempre.
Y las lágrimas de hombres, mujeres y niños, fueron recogidas en el odre
del Corazón de Dios.

A pocos metros se levanta otro monumento de homenaje con
motivo del jubileo de la redención del año 2000: a los misioneros. Hay
santos que dieron sus vidas por los negros, que se hicieron esclavos con
los esclavos, que anunciaron el Evangelio de la gracia y de la libertad
verdadera, que denunciaron los desmanes más increíbles que comete el
egoísmo y la injusticia de los humanos contra los propios hermanos.
Nos quedamos en silencio unos instantes y rezamos una breve
oración al Señor: un gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Porque como decía San Ireneo, la gloria de Dios es que el hombre viva.
Eso le pedíamos al Señor: que tus hijos vivan y que en ello tú seas
glorificado. Hoy son otras las esclavitudes, hoy son otros los
mercenarios, hoy las cadenas, las fortalezas, las puertas del no retorno
tienen otros nombres. Pero sigue siendo idéntica la amenaza o la
pretensión de arrebatarnos la libertad que nos hace hijos de Dios, y la
verdad que nos hace libres. Mirando este querido continente africano,
nos surge la oración en la playa de la vida: que tus hijos vivan, Señor,
esa quisiste que fuera tu gloria.
+ Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo